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Las abejas y avispas pueden reconocer rostros

Reconocer rostros es esencial para la forma en la que los humanos interactuamos. Frecuentemente se considera que es una habilidad que requiere la sofisticación del cerebro humano. Pero un nuevo estudio publicado en Frontiers in Psychology muestra que insectos como la abeja europea (Apis mellifera) y la avispa común (Vespula vulgaris) usan mecanismos de procesamiento visual que son similares a los humanos, lo que permite un reconocimiento facial confiable.

A pesar de esto, es destacable que el cerebro de estos insectos contiene menos de un millón de células cerebrales, mientras que el cerebro humano contiene 86,000 millones de células.

Un grupo de investigación estadounidense muestra que las avispas de papel (Polistes fuscatus) pueden aprender las caras de otras avispas de papel, y parecen haber desarrollado mecanismos cerebrales especializados para procesamiento de cara de avispa.

Las abejas y avispas aprendieron imágenes acromáticas

En las pruebas realizadas tanto las abejas como las avispas pudieron aprender imágenes acromáticas (blanco y negro) de rostros humanos. Los resultados mostraron que, a pesar de que estos insectos no tienen una razón evolutiva para procesar rostros humanos, sus cerebros aprenden a reconocerlos de manera confiable al crear representaciones ‘holísticas’ de las imágenes complejas. Ponen características juntas para reconocer un rostro humano específico.

Aunque ya había investigaciones en este campo, el estudio arroja nuevas pistas: “Lo que faltaba era una comprensión de si esto se llevaba a cabo en insectos debido a la simple interpretación de las características faciales individuales, o al uso de una interpretación más compleja de ‘imágenes completas’ -tratamiento holístico de la cara- como sucede en los humanos”, apunta uno de los investigadores, Adrian Dyer.

Las abejas polinizadoras, en peligro como consecuencia de la actividad humana
Las abejas polinizadoras, en peligro como consecuencia de la actividad humana Sumiko Scott / Getty

“Ahora sabemos que los cerebros pequeños de insectos pueden reconocer confiablemente al menos un número limitado de caras. Esto sugiere que en los humanos, la ventaja de nuestro gran cerebro puede ser la gran cantidad de individuos que podemos recordar”, expone Dyer.

Esta investigación nos ayuda a entender cómo la habilidad de procesamiento facial muy sofisticada pudo haber sido posible para evolucionar en humanos y otros primates.

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