Tierra

¿A qué huele la Tierra?

En 1891 dos investigadores, Marcellin Berthelot y G. André, identificaron el geosmin –una sustancia química producida por la bacteria Streptomyces coelicolor– como la responsable del olor terráqueo, ese que produce la lluvia al caer sobre la hierba y la remolacha al crecer. Pero a lo que no dieron nombre es a los efluvios fétidos, hediondos, pestilentes, apestosos, nauseabundos, insalubres, mefíticos e irrespirables que el planeta libera o produce en lugares a veces de gran belleza. Tanta que, al amparo de los 10.000 aromas que el ser humano es capaz de percibir, los olores se han convertido en reclamo turístico.

Los japoneses ya han desarrollado un mapa de aromas que identifica más de 160 olores, y su ubicación gracias a Google Maps. Nioi-bu, disponible de momento solo en japonés, se nutre de las aportaciones de sus seguidores y en ella se localizan las emanaciones de las algas putrefactas de las playas de St Michael, en Bretaña, Francia, y las de los quesos de Wisconsin, EEUU. Tampoco los amantes de nuevas formas de viaje le hacen ascos a los cráteres pestilentes o al turismo fecal. Y hay quien se lo pasa bomba si el paisaje de ensueño está aderezado con un cierto tufo excrementicio.

Emociones contradictorias
Ante dos estímulos tan antagónicos, el positivo de la belleza y el negativo del olor, el cerebro no se vuelve loco. ¿Cuál de las dos emociones pervive más? Para Enric Munar, investigador del Instituto de Física Interdisciplinar y Sistemas Complejos del CSIC, la respuesta es clara: el recuerdo olfativo pervive más que el visual. Fue el primero de los sentidos, el que más representación tiene en la primigenia amígdala cerebral;es decir, en ese conjunto de neuronas encargadas de procesar las emociones.

Hace millones de años ya había seres vivos con capacidad para oler que, sin embargo, todavía no habían desarrollado el sentido del tacto, del gusto y mucho menos de la vista. Ha sido la capacidad visual el último sentido en aparecer y, por tanto, el más avanzado, lógico, racional y con menos implicaciones en el emocional sistema límbico. La vista actúa sobre el córtex cerebral, “la parte más nueva, aquella en la que superamos a los animales, el área exterior del cerebro y la más elevada cognitivamente”, define Enric Munar. En el córtex hay unas 35 representaciones visuales de lo que están observando. La corteza cerebral está muy ocupada por la visión y muy poco por el olfato.

De ahí que la contemplación de bellos paisajes creyendo que su pestilencia es solo un mal menor sea una quimera. Lo que el cerebro recordará con el paso de los años será el insoportable olor que se coló en la maleta.

Belleza en la mina

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Los trabajadores de la mina de azufre que hay en el volcán Kawah Ijen, al este de Java, soportan olores fétidos por un salario de 13 dólares diarios.

Acusado contraste

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La belleza es uno de los reclamos de Rotorua, Nueva Zelanda. Pero de sus géiseres y lagos, como este de Champagne, emana un hedor insoportable.

Un rico olor a cadáver

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Se cree que es la flor más grande del mundo. Originaria de Sumatra, la Amorphophallus titanum emite un olor a carne podrida que impide estar cerca de ella mucho tiempo. Gracias a su fétido aroma, atrae a los insectos necesarios para su polinización, como la mosca del cadáver.

Hedor animal

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Imagina 60.000 preciosas focas todas juntas… más sus excrementos. Esto es lo que podrás ver y oler en Seal Island, Sudáfrica. Los turistas más bravos suelen desafiar al hedor para ver esta concentración de focas y, con un poco de suerte, cómo un tiburón blanco se zampa alguna de ellas en el mar.

Rico, rico

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El durian es un fruto agradable de sabor, pero tan pestilente que pasear por los mercados de Malasia es insoportable.

Plaga

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Los estorninos invaden el cielo de Gloucestershire, Gran Bretaña, dejando tras de sí un reguero de maloliente mierda.

Curtidor

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Las tenerías de Fez, Marruecos, usan métodos medievales para tratar y teñir la piel. El olor es tan denso que entregan un ramo de hierbabuena para soportarlo.

Verde putrefacto

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Las algas invaden la playa de Saint Michel, en la Bretaña francesa. El metano que emanan ha puesto en riesgo la vida de animales.

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